Alteridades culturales internas: Modernización y Centralismo

Barbero en la tercera parte de De los medios a las mediaciones, “Modernidad y massmediación en América Latina” hace un recorrido histórico para exponer los factores para el establecimiento de las formas de vida modernas en los países de Latinoamérica en la primera mitad del siglo XX. Primero comienza analizado el surgimiento de un “nacionalismo nuevo basado en la idea de una cultura nacional, que sería la síntesis de la particularidad cultural y la generalidad política, de la que las diferentes culturales étnicas o regionales serían expresiones. La nación incorpora al pueblo transformando la multiplicidad de deseos de las diversas culturas en un único deseo, el de participar del sentimiento nacional”. Es decir, la cultura nacional es un proceso de selección y concentración de aquello que hace única (si es que es posible dicha pretensión…) una cultura enmarcada en ciertos límites geopolíticos. Además vemos que no hay un proceso de fusión “natural” sino de incorporación conciente (y determinado por factores socio-económicos, socio-políticos y socio-históricos). Finalmente dicha ‘cultura nacional’ se basa en un proceso de homogeneización al enfocar los  deseos particulares, regionales, étnicos, raciales, etc., en un mismo proyecto: la nación. Entonces el proyecto de nación se basa (como Renán expuso en su conferencia “¿Qué es una nación?” y luego retoma Anderson en “Comunidades Imaginadas”) precisamente en el olvido: “superar las fragmentaciones que originaron las luchas regionales o federales en el siglo XIX”, es decir las guerras fratricidas. Además se expone lo que para Barbero fue el procesos de modernización (otro mito político): “En el conjunto de América Latina la idea de modernización que orientó los cambios, y que llenó de contendido los nacionalismos, fue más un movimiento de adaptación, económica y cultural, que de profundización de la independencia”. Hecho que en sí problematiza el sentido de autonomía no solo cultural sino político-económica, pues “[s]e quería ser Nación para lograr al fin una identidad*, pero la consecución de esa identidad implicaba su traducción al discurso modernizador de los países hegemónicos, pues sólo en términos de ese discurso el esfuerzo y los logros eran evaluables y validados como tales”. Nuevamente vemos que los procesos culturales (y políticos, sociales, históricos, sociológicos, etc.) giran en torno a parámetros ajenos, extranjeros, impuestos y extraños a las dinámicas sociales latinoamericanas.  Siguiendo la ruta que Barbero traza, nos encontramos que el proceso de modernización además significó el proceso de centralización de estos países. Hecho que tiene varias repercusiones en lo cultural, pues ahora los centros (las capitales) serán los herederos del capital cultural y la cultura nacional, aún y cuando en teoría intente reunir las manifestaciones regionales, será la que determine LO nacional, pues lo ‘otro’ estará en función de dicha cultura central-hegemónica. Fenómeno  que establece una serie de fronteras culturales internas, culturas periféricas, ‘pseudoculturas disidentes’, culturas separatistas, etc., debido a un proceso de alteridad cultural interno.

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