Destrucción, reconstrucción y deconstrucción

Nelly Richard en el apartado tercero de su obra “La insubordinación de los signos” comienza haciendo un recorrido por el ambiente socio-cultural del período del gobierno militar chileno, estableciendo las esferas culturales que se desprenden de dicho acontecimientos socio-político. La división entre gobierno militar y ‘la oposición’ crea dos polos que repercuten en el devenir cultural. “El polo victimario disfraza su toma de poder de corte fundacional y hace de la violencia (brutal e institucional) un instrumento de fanatización del orden que opera como molde disciplinario de una verdad obligada.” El orden como discurso de identidad y de clasificación axiológica de carácter inalterable que ‘garantizaba’ (o intentaba garantizar) la pureza*, homogeneidad* y transparencia*.

“El polo victimado aprende traumáticamente a disputarle sentidos al habla oficial, hasta lograr rearticular las voces disidentes en microcircuitos alternativos que impugnan el formato reglamentario de una significación única”.  Hecho que genera una polarización del quehacer cultural “severamente regido por la división ético-política entre campo oficial [modernización-represión]  y campo no oficial [rechazo dictatorial].” Primero se tiende a un reduccionismo y la polarización de estas esferas sin considerar los movimientos que oscilaban entre uno y otro polo.  

El arte y la literatura en los primeros años del golpe militar fueron los espacios de comunicación de la política (acción) y lo político (discurso), primero desde la clandestinidad, luego hasta espacios más públicos y frontales marcando un tránsito de cultura contestataria a una cultura alternativa. La primera concebida como “mera prolongación de la derrota y rito de sobrevivencia en tono a la re-afirmación de lo negado, a una cultura capaz de hacerse portadora de nuevas formas y estilos de discursos que apuntaran hacia más complejas diferencialidades del sentido”. A medida que los otros espacios silenciados adquieren progresivamente voz ‘político-social’  la cultura y el arte ‘regresan’ a sus esferas específicas, pero la izquierda retoma esa cultura antidictatorial hasta las últimas luchas por la democracia. La izquierda chilena se bifurca principalmente en una fracción marxista-leninista (clásica o tradicional) y otra marcada por el “componente de renovación socialista” (la izquierda renovada). Esta bifurcación caracteriza dos reflexiones políticas, estéticas y culturales, por lo que los medios y las formas de expresión serán diferentes.

La izquierda tradicional ubicaba la cultura “en relación de subordinación instrumental a la política como un ‘frente de lucha’ puesto al servicio de las correlaciones de fuerzas que armaban la coyuntura nacional del avance partidario. Esta fracción seguía alzando a la clase obrera como los únicos portadores de la verdad revolucionaria de lo ‘nacional-popular’ como símbolo antiimperialista. Esta izquierda recurría a la consigna popular del llamado nacional  y la convocatoria masiva de las instituciones culturales. Además veía en la Historia una trascendencia redentora.

La renovada ‘criticaba el reduccionismo de la izquierda tradicional y proyectaba una visión antropológico-social de la cultura que la privilegiaba como el espacio mucho más difuso <<de las mediaciones, de la pugna en torno a los sentidos, de la constitución de las identidades, de la circulación de conocimientos,  de la modelación de las percepciones, […] de la constitución social de la realidad>>. Esta fracción trabajaba su proyecto de renovación socialista bajo la conducción intelectual de las ciencias sociales a la luz de autores como Gramsci, Williams, Foucault, Bourdieu, etc. Estos intelectuales de la renovada izquierda publicaban sus análisis políticos como material académico internacional.

Para la cultura militante el arte debía ser testimonio de rechazo y denuncia, (protestarario y concientizador).

 

La ‘nueva escena’ (1977) de corte neovanguardista reconstruye y parodia la emotividad referencial de la cultura militante inédita. Por su rigurosidad, nivel crítico y su radical desmontaje de las nociones institucionales de la representación, favorecía el quebrantamiento del sistema represivo. Ésta nueva tendencia jugaba “antihistoricistamente a que los signos estallaran en lo efímero de una poética del acontecimiento”, una especia de poética del estallido histórico y la discontinuidad temporal. El sujeto de la nueva escena era “el no-sujeto, el sujeto en crisis reconstruido, fragmentado en múltiples pulsaciones”. Intentan crear una reformulación de signos nutrida por la crítica de las representaciones. Debido precisamente a este rigor crítico reconstructivo, la izquierda tradicional relega a la ‘nueva escena’ a los márgenes socio-políticos, sin embargo, esta nueva esfera cultural genera el desarrollo de otros movimientos socio-culturales en el ambiente chileno.

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